El viaje del “Doramas”

TESTIMONIO DE JOSÉ FRANCISCO DÍAZ, EMIGRANTE CLANDESTINO A BORDO DEL “DORAMAS”

Ficha del barco

El “Doramas” era un vieja gabarra transformada en motovelero, aparejado como balandra con dos pequeños mástiles. Estaba dedicado a la pesca en aguas saharianas.

Salió del Puerto de la Lus (Las Palmas) el día 21 de julio de 1950 con destino a La Palma al mando del patrón Tomás Perdoma Padrón y 6 tripulantes más. Había sido comprado por don Manuel Vargas Padrón con la idea de llevar emigrantes clandestinos a Venezuela.

balandra Doramas

Entrevista realizada el 25 de Febrero de 2003

Yo me decidí a viajar a Venezuela en velero a causa de la miseria tan grande que había aquí; mi padre había muerto siendo yo y mis hermanos pequeños. Un hermano mío ya se había ido en otro velero y aún no había llegado a Venezuela cuando yo ya había depositado el dinero, unas 3.500 pesetas, que era el pasaje estipulado para ir en este otro barco. El dinero lo conseguí  vendiendo una vaca y una mula que tenía.

El día de la salida nos trasladamos a Las Angustias. A media noche montamos en un camión que tenía previsto llevarnos a Aguatavar, en Tijarafe, que era hasta donde entonces llegaba la carretera. Cuando íbamos por El Casino el chófer, que era de Los Dos Pinos, para librarse de nosotros nos dijo que poco más adelante estaba la guardia civil y que nos tiráramos inmediatamente del camión. Así lo hicimos y echamos a andar por el camino viejo, campo a través y como fuera; había un calor fenomenal, aún siendo de noche, porque estaba el tiempo del sur.

Llegamos a Puntagorda con una maleta de madera al hombro cada uno. Paramos junto a una casa que tenía una aljibe y el dueño, ante el alboroto formado, se asomó por la ventana y al vernos creo yo que cogió hasta miedo, pues sin más cerró la ventana y se escondió dentro. Allí comenzamos a sacar baldes de agua y tomamos hasta saciar nuestra sed. Luego comenzamos a bajar hacia el “porís” (prois) de Puntagorda. Yo era tan inocente que no sabía lo que era un velero. Cuando llegamos abajo supimos que el velero en el que íbamos a viajar, aunque al pronto no lo vimos,  estaba cerca de allí. Nos empezaron a llevar a los pasajeros en grupitos con una pequeña barca, yo pregunté que dónde estaba el velero y me dijeron que estaba más afuera, esperándonos.

Nos juntamos en aquel barco 138 personas, todos hombres. Era una gabarra de puerto con un solo palo y motor, que se rompió  a los dos días de viaje. Salimos del “poris” de Puntagorda usando el motor, bordeando la costa hacia el sur  y cuando estábamos frente al Puerto de Tazacorte viramos y enfilamos directamente hacia el oeste. El mar estaba tan malo que los Vargas, procedentes de Santa Cruz de La Palma, que eran los que mandaban en el velero, ordenaron que botáramos las maletas al agua y que sólo dejáramos una muda de ropa para cada uno, ya que íbamos sentados sobre ellas y como pasábamos de la borda hacia arriba, las olas amenazaban con arrebatarnos de cubierta. Esas maletas las llevábamos con higos pasados, queso, con comida…, en fin, las tiramos y cuando miramos hacia atrás no se veía otra cosa que las tablas de las maletas rotas,  quesos, higos y comida flotando sobre aquel mar enfurecido.

A los trece días de viaje ya íbamos mal, nos daban el agua racionada y cada día sólo disponíamos por persona de 50 gramos de agua y un “peloto” de gofio amasado que no tenía sino bichos, a causa del tiempo que hacía que lo habían comprado, parece. Después encontramos una bonanza y el barco que no se movía. Un marinero se subió al palo y después de estar mirando el horizonte le dijo al capitán -que era un muchacho de Las Palmas llamado Federico, al que acompañaba un hermano de nombre Enrique y su padre, también llamado Federico- que estaba viendo una bruma hacia la puesta del sol, en el horizonte y que a lo mejor era un barco. Se subió el capitán al palo y comprobó lo que el marinero decía, confirmando que sí, que podía ser un barco. Entonces empezaron con una bandera a hacer señales pidiendo auxilio y al poco aquella bruma desapareció. El capitán dijo entonces: “Vienen por nosotros, porque ya no se ve la bruma, cambió de dirección”.

Asimismo fue, llegó aquel inmenso barco al pie de nosotros y cuando nos vio se retiró, no sé si es porque nos cogió miedo o qué, pues todos estábamos en calzoncillos, traíamos las caras peladas por el sol y estábamos llenos de piojos.  Por  un  bucio  habló  el capitán de nuestro velero, en inglés, con el capitán del otro barco, pero aquel buque no podía acercarse a nosotros. Lo que hizo fue tirar una “guaya” – cuerda o cable – con un tiro, pero la primera vez no nos alcanzó y se fue al agua, entonces la recogieron y volvieron a tirarla y esta vez si acertaron. Luego nos fueron halando hasta el barco y cuando el velero quedó arrimado a su costado, bajo la mole aquella yo miré hacia arriba y solo veía el cielo y el lomo del barco, de lo grande que era. Era un barco inglés que se llamaba “ARKOBE” y venía de Venezuela. Puso una red por un costado y subimos todos a bordo. Nos dieron agua para tomar, toda la que quisiéramos, y además nos llenaron dos bidones que ellos traían vacíos. También nos pasaron un polizón que habían descubierto, un negrito de 18 años llamado “Swan”, que sólo hablaba inglés. Nos dijeron que lo habían encontrado en el barco y que lo iban a entregar no sé dónde, que si queríamos hacernos cargo de él. Efectivamente, lo llevamos, Ese negrito le cogió tanto miedo al mar y al velero que se enguruñó en un rincón y allí estuvo todos los días del viaje.

Estuvimos todo el día en aquel barco inglés. Yo era el primer buque grande que veía en mi vida. El capitán nos dijo que si nos hubiera encontrado en  la ida, cuando iba en dirección a Venezuela, nos hubiera llevado. Por la tarde nos volvimos a montar en el velero y nos despedimos deseándole buena suerte. Este hecho, que una gente que iba en un pequeño barco destartalado deseara “buena suerte” a aquel gigantesco barco,  salió en la prensa y yo creo que conservo guardado un artículo de periódico viejo donde se cuenta esto.

Seguimos y más adelante se nos presentó un temporal tan grande que cuando las olas pasaban quedábamos tan hundidos que sólo veíamos dos murallas de agua a los lados y arriba un “fisco” de cielo, hasta que volvíamos a subir, así una y otra vez. Cuando empezó a llover tendieron la vela que traía el barco, unos agarrándola de un lado y otros del otro, para recoger agua de la lluvia, una vela toda podrida que se rompía a cada rato y tenían que estar cosiéndola. Fue tanta el agua que tomamos que luego nos vomitamos y aquello fue un desastre. Con el agua restante llenamos los bidones que traíamos pero al cabo de unos días volvió a terminarse el agua. Una vez pescamos un tiburón con un anzuelo grande, pero al final se llevó soga y todo

Había muy poco espacio en el barco, que era pequeño y allí íbamos 138 hombres. Yo desde el principio quedé en un pequeño sitio de allí apenas me moví en todo el viaje y lo mismo le ocurrió a los demás, encima me cayó un tal José León, de Argual que era un hombre grande joven. En esas condiciones, sin agua, mareado, provocado, uno entra en una especie de estado alterado, en un estado de sopor y amodorramiento.., yo en lo único que quería y pensaba era en agua… No me acordaba de familia ni de nada, sólo me venía a la mente la idea del agua y la imagen de la algibe de Tiramasil a donde yo llevaba a beber a las vacas, y el agua fresquita que tenía.

Con nosotros iba un muchacho de Argual que se llamaba Manuel Castro. Un día en que el capitán se puso a hacer unos cálculos por el sol mediante unos aparatos que llevaba, le dice aquel a éste: “Lo mejor que podemos hacer es hundir el barco, pues como nos vamos a morir secos…”. Entonces el capitán, que era un chico joven, le contestó “lo que hay que hacer es ser hombres y ser valientes porque aquí no viene nadie tan engañado como yo –estas fueron las palabras del capitán a ese Manuel Castro-, porque a mí me dijeron que venían solo 80 personas, que tenía un buen motor, que tenía buenas velas y que había comida para dos meses y no hay nada de eso”.

El viaje lo organizaron unos de Argual,  Esteban Cáceres que era de los Pantaleones de Santa Cruz de La Palma y otros de los que no me acuerdo el nombre; pero esos no fueron, esos se quedaron…

El capitán siguió diciendo: “Si ustedes quieren ir a una isla que se llama Barbados, estamos bien cerca, nos desviamos y llegaremos a ella, pero vamos a llegar por el sur y el puerto está por el norte y en esas isla si no tenemos con qué pagar no nos remolcan…”.  Hay que tener en cuenta que íbamos sólo a vela, pues el motor se rompió a los dos o tres días de salir. Este chico –el capitán- ya había estado en Venezuela mientras hacía prácticas en un barco, lo que pasa es que iban huyendo porque eran de otra religión, masón o no se qué, y aquí estaban perseguidos, les oía decir yo…

foto venez aCuando estábamos ya muy cerca de la isla de Barbados, pues veíamos perfectamente el faro, esa noche se presentó un fuerte temporal, lo recuerdo bien porque esto fue el día de la fiesta del Pino de la Virgen, en que las olas nos daban por la popa del barco tales leñazos que parece que nos quería sacar de encima del barco. Yo no tenía sino un pensamiento y un desconsuelo, me preguntaba “¿cómo es posible que este barco se vaya a hundir sin yo poder llegar a tomar agua?”. Sin embargo aquel temporal nos vino bien, pues nos empujó y al día siguiente por la mañana estábamos frente al puerto. Mucho antes de entrar al muelle nos paró la  policía. Salieron unas lanchas rápidas llenas de guardias, todos negros, unas “trancas” de hombres, y nos mandaron inmediatamente a parar el barco. Después de unas dos horas de estar allí quietos, sin poder hablar con nadie, pasó junto a nosotros un velero pequeño, con dos jóvenes y un hombre a bordo, y nos gritaron preguntándonos en español si éramos isleños, escuchar aquella voz hablándonos en español hizo que muchos empezaran a llorar. El barquito aquel mientras tanto se acercó a tierra y a la media hora o así se acercó otra barca de policía y nos preguntaron si no teníamos ropa. Le dijimos que sí, que teníamos cada uno una muda. Seguidamente nos dijeron que nos bañáramos y nos cambiásemos de ropa, ya que nos iban a sacar para tierra. Así lo hicimos, nos bañamos y nos cambiamos. Uno de El Paso se botó al mar, pero como no sabía nadar por poco se ahoga, si no llega a ser por otro que lo sacó. Cuando llegamos al pequeño muelle de madera nos tenían preparados unas mesas llenas de dulces y pepsicola. Yo fue tanta la pesicola que tomé que desde entonces y hasta hoy no he vuelto a probarla.

Allí llegó un negrito, un trabajador del muelle, yo estaba con un tal Aroldo y Manuel Castro, y haciéndonos señas nos separó del grupo e invitóa a que fuéramos con él. Yo lo entendía bastante porque en casa había dos mudos y estaba acostumbrado al lenguaje de señas. Nos montó en una guagua, como decimos nosotros, y nos llevó. La guagua iba cargada de gente blanca pero nadie nos hablaba. Ese negrito nos llevó a un restaurante y nos invitó a comer. Después de terminar nos trajo tres vasos, uno para cada uno, donde había puesto  agua y un alcasetzer. Todos nosotros, que no sabíamos lo que era aquello, nos miramos y Manuel Castro dijo “muchacho, ¿eso será veneno?, ¡Pregúntale a ver qué es eso!”. Yo le pregunté al negrito por señas que qué era aquello, y el me dijo que como veníamos de pasar muchos días con hambre, la comida podía hacernos daño y que aquello era para precisamente para evitarlo. Entonces yo me volví y les dije a los compañeros “no se preocupen, esto es lo mismo que bicarbonato, es para que la comida no nos haga daño”. Después nos llevó a su casa, que era de madera y estaba en medio de un campo de caña dulce, allí nos presentó a su familia, a su mujer y a una hija que tenía. Volvió a traernos para la capital en el autobús y estuvo todo el día con nosotros.

En Barbados estuvimos como siete días, libres, andando por la ciudad, viendo todo aquello. Cada noche íbamos a dormir el velero y  por la mañana íbamos a tierra en las mismas lanchas que nos habían llevado al barco. Yo creo que fue por mano de un cura que se dirigió a nosotros en inglés por lo que estuvimos allí tantos días. Nos arreglaron el motor y nos dijeron que en dos días estaríamos en Venezuela. Al final resultó que el dueño de aquel pequeño velero que se había dirigido a nosotros en español cuando llegamos, tenía isleños trabajando con él en Cagua (Venezuela), donde era dueño de varias “bombas de gasolina” ; estaba allí de vacaciones y como sabía que los isleños estaban yendo en veleros para allá, supuso que nosotros también veníamos de las islas y por eso nos ayudó; él se hizo responsable de nosotros ante las autoridades, por lo que pudimos estar allí durante aquellos días.

Poco después de salir de Barbados el motor se volvió a romper y estuvimos doce días más para llegar a La Guaira. Nuestra arribada a Venezuela coincidió con la muerte de Delgado Chalbaud y las autoridades venezolanas nos detuvieron. Fondeamos como a medio kilómetro del puerto y allí estaba con nosotros, noche y día, una pareja de la guardia nacional, que se turnaban. Ellos se mareaban que daba miedo, nosotros no. Cada vez que había un cambio de pareja, los que llegaban nos traían paquetes de cigarros, cartas, recados y otras cosas mandados por otros paisanos o familiares que ya estaban en Venezuela. A mi me trajeron una vez unos paquetes de cigarros de la marca Capitolio que me mandó Francisco Monterrey, vecino de El Paso, que ya estaba en Venezuela trabajando en un bar.

GENTE EN LA GUAIRAA medianoche llegó un barco que nos arrastró mar afuera. De allí nos subieron a un barco de guerra. Allí, cada tres o cuatro metros había una pareja de guardias armados. Yo me preguntaba ¿y esto qué es?. Al poco rato apareció otro barco cargado de gente y ahí se juntaron los pasajeros de tres veleros procedentes de Canarias. Estos otros eran el “Telémaco”, que venía de La Gomera y el “Anita”, que como nosotros había salido de La Palma. A todos nos llevaron a la isla d Orchila. Una vez allí nos bajamos y nadando llegamos a la costa, pues la playa tenía poco fondo. En total éramos más de trescientas personas.

En esa isla el gobierno tenía como 40 o 50 cabezas de ganado y un caballo blanco, pues la usaban como lugar de cuarentena para ganados importados. Todo aquello estaba al cuidado de un venezolano que llamaban Navas, un mulato, un cachorro de hombre tremendo, buena persona. Nos dijo que tenía allí una vaca que topaba, que si entre los que veníamos había alguien que fuera matarife, lo mejor que hacía era matarla, pues si no ella terminaría por matar a alguno de nosotros. Un tal Benigno, de Argual, dijo que sí, que él era carnicero; entonces el venezolano se montó en un caballo blanco que tenía y llevó a la vaca a un llano que había allí, delante de las cuadras, donde la amarró y le puso un saco en la cabeza. Nos dio una soga de la que unos 40 o 50 tirábamos para atrás y otros tanto para adelante y la llevamos a donde se iba a matar. Finalmente la mataron, le sacaron el cuero y durante días estuvimos comiendo de aquella carne.

En la isla estuvimos bastantes días, pero exactamente cuantos no me acuerdo; dormíamos en las cuadras Allí abundaba el pescado y unos de Puntagorda que llevaban anzuelos, sacaban peces y cangrejos que daba miedo.. Donde guardaban el alimento para el ganado nos descargaron comida que nos dieron, sacos de harina y demás. Con eso nos hacíamos unas poliadas que nos dieron diarreas y vómitos y qué se yo qué.

Se decía que el gobierno mejicano había exigido al venezolano que si no sacaban a los españoles de aquella isla, ellos vendrían a por nosotros. Lo cierto es que finalmente vino un barco y haciendo varios viajes -yo creo que fui en la última tanda, pero Manuel Castro, que venía conmigo, fue de los primeros- nos llevaron  a un sitio que llamaban El Trompillo, que es donde llevaban a los inmigrantes. Allí firmamos unos papeles y luego nos mandaron a cortar caña para unos seis meses a la Central de Chibacoa, supuestamente para sufragar con nuestro trabajo los gastos que habían tenido con nosotros, decían eso.

doramas 1Cuando llegué a Chibacoa me encontré con Manuel Castro, que ya estaba allí de antes, cuando llegaba de cortar caña, venía negro como el carbón. Cuando nos encontramos me dijo: “Prepárate, que mañana, por la mañana, nos vamos”. Nos acostamos sobre unas literas hechas de sacos y al día siguiente por la mañana nos fugamos ese Manuel Castro, Aroldo y yo. Como ya dije, yo tenía un hermano en Venezuela que había ido en un velero antes que yo; pues bien, estando en La Guaira, por el papel que me escribió Francisco Monterrey y que me entregaron junto a los cigarrillos, me enteré que mi hermano estaba en San Felipe, en casa de uno que decían Juan El Grande. Con ese sitio como meta en nuestra mente, salimos caminando por una pista de tierra. Llegamos a una pulperia, es decir, una tiendita pequeña, donde vimos como una rapadura enorme que llaman allá un “papelón”, que es con lo que endulzan allí el café, y eso fue lo primero que compramos, continuando después por la pista dándole mordidas a aquello. Cuando llegamos a la carretera panamericana, nos escondimos detrás de unas hierbas y unas alambradas. Nosotros sabíamos, porque nos lo habían dicho en Chibacoa, que por allí pasaban en dirección a San Felipe unas camionetas que llegaban pasajeros. Cuando una de aquellas camionetas se paró para que se bajaran unos viajeros, nos montamos nosotros tres y nos dirigimos hacia San Felipe, a la finca donde estaba mi hermano. Allí nos tuvieron escondidos como quince días. Luego nos consiguieron trabajo en la finca de un alemán y allí fuimos dado tiempo hasta ver si de alguna manera podíamos arreglar la documentación.

Nos llevaron una tarde para la finca de ese hombre y cuando llegamos allá nos subimos los tres con nuestras maletas, acompañados de un venezolano, en una carreta de madera tirada por un buey, y nos metimos por aquel monte a través de una pista hasta que llegamos al sitio donde se suponía iríamos a vivir. Aquello era una choza montada sobre cuatro palos, cubierta de “gamelote” (hierba). Entonces nos dice el venezolano: “Ustedes tengan cuidado y no arranquen una sola mata de coco, pues este hombre es capaz de meterlos hasta presos”. Manuel Castro que era un machote “a recho”, yo solo era un chico de 17 años, va y le dice al venezolano: “Llévenos otra vez para allá, de donde nos trajo”. Llegamos a la casa del alemán, nos bajamos de la carreta, cogimos nuestras maletas y nos fuimos a la carretera, donde poco después nos subimos a un autobús que pasaba. Nosotros ya teníamos algo de dinero venezolano que nos había dado mi hermano. Llegamos a Valencia y como Manuel Castro decía que en Cagua debía haber isleños, puesto que el había escuchado como nombraban mucho ese sitio, preguntamos qué autobús salía para allá, compramos los pasajes y nos montamos en él. No teníamos documentación de ninguna clase.

En Cagua nos encontramos isleños conocidos de El Paso y allí nos dieron comida y nos proporcionaron un lugar donde dormir. Ese Manuel Castro era cuidador de gallos y se fue a cuidar gallos en la gallera de un tal Don Anselmo y yo fui como ayudante suyo. Luego empezamos a buscar la manera de arreglar los papeles. Me fui para Caracas a casa de uno de El Paso que estaba casado con una pariente mía, el cual era muy amigo del encargado de dar la documentación a los inmigrantes, un tal Zuloaga. Este me dio una tarjeta  y con ella me presenté al sitio que me indicó y ahí mismo me arreglaron la documentación, incluso como residente, es decir, como si yo hubiera estado viviendo años en Venezuela. Por ese lado tuve suerte.

Nota: todas las fotos corresponden al viaje del “Doramas”.

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~ por idafe en septiembre 17, 2013.

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