Claves en el camino de la conciencia

CLAVES EN EL CAMINO DE LA CONCIENCIA

Introducción

El objetivo que me he propuesto con este trabajo no es otro que el de compartir con quienes lo deseen algunas reflexiones y vivencias, relacionadas con el camino de la Conciencia en su proceso de despertar a la realidad última e íntima de nuestro Ser:  somos seres de naturaleza espiritual con un destino trascendente.

Pretendo llamar la atención sobre algunas experiencias que son llaves para comprender dónde está y hacia dónde va cada Ser que se adentra conscientemente en la senda del autoconocimiento.

Una característica general de muchos de los conceptos que necesariamente vamos a traer a colación a lo largo de las explicaciones que el asunto, es que existen muchos significados diferentes para unas mismas palabras, por lo que es difícil elegir uno de consenso general. Pido, pues, generosidad y predisposición para comprender. Les invito, pues, a hacer el esfuerzo de ir al “espíritu” de la letra.

Antes de entrar en materia, permítanme dejar anotada una observación importante: en los estudios espirituales es frecuente encontrar que grandes principios generales adoptan una formulación paradójica, puesto que para su enunciación completa han de considerarse siempre dos puntos de vista complementarios: el relativo y el absoluto. De ahí que, aparentemente, muchas enseñanzas suenen contradictorias sin serlo realmente, como veremos; tengámoslo en cuenta.

¿Qué es la Conciencia?

Tener conciencia es, literalmente, DARSE CUENTA. Ahora bien, ¿qué es la CONCIENCIA? Ni La filosofía, ni la psicología, ni la Ciencia tienen una definición unitaria del término CONCIENCIA. Entre las existentes hay un amplio abanico que va desde la que afirma que “es mero resultado del funcionamiento neuronal”, hasta la religiosa ortodoxa, que dice que “es la capacidad para el juicio moral”. Popularmente se dice que la Conciencia es “una voz interna que te señala lo que está bien y lo que está mal”. Ninguna de estas definiciones, sin embargo, se ajusta completamente a lo que conocemos a través de los estudios espirituales.

Una definición que me gusta particularmente es la que dice que la Conciencia “es un espacio psicológico donde se registran todas nuestras experiencias con sus resultados y consecuencias”. Bajo este punto de vista, la Conciencia vendría a ser la reveladora del estado evolutivo de cada ser. Siguiendo es esta línea de pensamiento, podemos decir que la Conciencia no es algo totalmente hecho, completo, eterno, inamovible y absoluto sino que, por el contrario, es algo que se va haciendo, cambiando, completando. Así, pues, la Conciencia, manifestada como esa voz interior particularizada que expresa el desarrollo espiritual a que ha llegado cada ser, es la definición que va a estar en el centro de todo lo que tratemos en el presente trabajo.

Etapas en el desarrollo espiritual humano

Hay tres grandes etapas en el desarrollo espiritual y mental de la humanidad, etapas por las que, análogamente, también transita cada individuo en su vida material.

En la primera etapa, que podríamos llamar la niñez de la humanidad, predomina en el Ser la mente instintiva, al estar el intelecto muy poco desarrollado. Quienes se encuentran en esta etapa se ocupan exclusivamente de satisfacer las necesidades básicas que garanticen la supervivencia del cuerpo y la satisfacción de los sentidos, por lo que todos los intereses de los seres en ella situados, se reducen al plano físico. Los seres primitivos que aún viven en las selvas y regiones más o menos inaccesibles de nuestro mundo, se encontrarían en esta etapa. Dentro del desarrollo individual, estaría representada por nuestra fase infantil.

Ramacharaka, un autor espiritualista al que acudiremos con cierta frecuencia a lo largo de esta disertación,  dice respecto a esas sociedades primitivas que reflejarían esta primera etapa:

“Hay entre los salvajes cierta libertad democrática exenta del sentimiento de “soy mejor que tú”, que les hace la vida más fácil, libre y feliz que la de quienes están en la etapa inmediata superior. Poco o nada saben del “pecado”, y generalmente satisfacen sus deseos sin preocupaciones Tienen una especie de creencia instintiva en un poder superior, pero no cavilan mucho sobre ello, ni se les ocurre pensar que ciertas cere­monias sean agradables a la Deidad o que el omitirlas provoque su ira. No se cuidan de su “salvación”, y admiten instintivamente que la Potestad que cuida de ellas en este mundo, también cuidará de ellos en el otro.” (“Curso Avanzado de Filosofía Yogui y ocultismo oriental”)

La segunda etapa se inicia en el ser humano cuando se despierta el intelecto, que principia a dominar porque comienza a sentirse insatisfecho si no descubre los porqués de las cosas, al tiempo que también empieza a tener noción del “bien” y el “mal”. A partir de aquí nacen los grandes problemas del ser humano, los grandes peligros y a la par las grandes posibilidades, pues el logro de la libertad y la autoconciencia es una aventura peligrosa y fascinante al mismo tiempo. A partir de este momento es cuando los humanos comienzan a preocuparse por el sentido de sus vidas. En cierta manera y desde un punto de vista alegórico, el ser humano entra en un “infierno”, porque para llegar al “cielo” de la sabiduría espiritual, es preciso antes pasar por el “infierno” de la duda, del error, del dolor…, o lo que es lo mismo, de la EXPERIENCIA. De ahí que sea característica esencial de esta etapa la hiperactividad.

El autor que hemos elegido como guía de estos iniciales comentarios, habla así del ser que se encuentra en esta segunda fase:

“Reco­noce un misterioso algo que proviene de un aspecto superior de su mente, se avergüenza de hacer ciertas cosas egoístas y experimenta un sentimiento de paz y satisfacción cuando hace ciertas cosas relati­vamente altruistas. Pero el intelecto no se detiene. Inventa cosas “bue­nas” y cosas “malas”. Surgen sacerdotes que dicen que ciertas cosas (generalmente el testar en favor de la Iglesia) son “buenas” y agrada­bles a la Deidad; y que otras (por ejemplo, no asistir al templo ni contribuir a su sostenimiento) son “malas”, y seremos ciertamente cas­tigados por la Deidad. Los sacerdotes inventan cielos adaptados a los deseos de sus feligreses, e infiernos llenos de lo que mayormente ate­moriza a los fieles. Las cosas se clasifican en “buenas” y “malas” y es mucho mayor el número de las “malas”. Muchas cosas agradables de la vida se conceptúan “malas” sin más razón que la de ser agradables. Análogamente se conceptúan “buenas” la mayoría de las cosas desagradables. Prevalece la idea de que la Deidad se complace en que sus hijos hagan cosas que les sean ingratas y se encoleriza si acaso hacen algo placentero. Se forjan credos, se multiplican las sectas y se idean los más crueles castigos para vejar o los disidentes. Se tiene la idea de que quienes no comparten el concepto que de Dios tiene determinada religión son “enemigos de Dios”, y serán castigados. A veces los fanáticos relevan a Dios de la tarea de castigar a los herejes y los abrasan en la hoguera.

Los que se hallan en semejante etapa de evolución, todo lo exa­geran. Dicen que ciertos días son “santos”, como si no lo fueran to­dos, y afirman que ciertos lugares son más santos que otros; que algu­nos hombres son los “elegidos” y los demás réprobos, de modo que según ellos sólo se salvan muy pocos, y la inmensa mayoría de la humanidad está predestinada a eterna condenación. El infierno es muy ardiente cuando se lo ve desde el punto de mira de la segunda etapa de la humana evolución. El odio derivado de la presunción es señalada característica de dicha etapa, en que las sectas se combaten encona­damente. El temor prevalece contra el divino amor y la Fraternidad humana es palabra sin sentido o por lo menos se contrae a quienes pertenecen a una misma secta, pues los demás no son hermanos sino ateos, paganos, incrédulos, disidentes y herejes. El sentimiento de la Unidad del Todo, instintivo en la primera etapa y consciente en la tercera, no aparece en la segunda... Sin embargo, a medida que la humanidad adelanta por la segunda etapa y se desenvuelve el intelecto, la razón desecha muchas necias supersticiones que un tiempo tomó por infalibles verdades…. y generalmente sobreviene un período de incredulidad y escepticismo, como si nada hubiese substituido a lo desechado.”

Poco a poco, sin embargo, la influencia perenne del espíritu inculca en la conciencia del Ser la intuición del verdadero camino que le está reservado, alcanzándose los albores de la tercera etapa. Sobre ella, el mismo autor dice:

“Quienes se hallan en a tercera etapa ven el bien en todo ser humano, en todas las cosas y en todo lugar. Ven algo superior, pero todo lo ven incluido en el mismo plan de evolución. El alma adelan­tada se desprende de ciertas cosas porque ya no las desea y las desecha como herramientas o ropas inservibles. Pero ve que para otros estas mismas cosas son mucho mejores que las que desecharon en etapas anteriores. Ve que todo ser está en el Sendero de perfección, unos más adelante que otros, pero todos caminan en la misma dirección. Ve que todos aprenden sus lecciones y obtienen provecho de sus errores. Ve relativas manifestaciones del “bien” y del “mal” en cada ser humano, pero busca el “bien” en el pecador y no el “mal” en el santo. Ve en el “pecado” ignorancia, flaqueza y error. Ve el “bien” en todas las for­mas religiosas y no se somete al limitado credo de ninguna. Ve que todos los conceptos de la Deidad que haya forjado la mente humana, desde el ídolo de piedra hasta el puro Espíritu, entrañan el reconoci­miento y adoración de lo Absoluto, sin más diferencia que la distinta etapa de evolución de los adoradores. A medida que el hombre evolu­ciona, amplía su concepto de la Divinidad y lo identifica con el de su Yo magnificado. El Dios del hombre evolucionado no satisface al sal­vaje, del mismo modo que el Dios del salvaje no satisface al hombre evolucionado. Cada cual se forja de Dios un concepto correspondiente a su etapa de evolución. Un autor expresó con acierto este pensamiento diciendo: “El dios de un hombre es él mismo en su aspecto óptimo, y su demonio es él mismo en su aspecto pésimo”. Pero el diablo huye del hombre que enaltece su concepto de Dios.

La más señalada característica del hombre de la tercera etapa es su conocimiento de la Unidad del Todo. Ve y siente que todo vive y tiene conciencia en variedad de grados de manifestación. Sabe que es parte de la Vida una, que está en contacto con la Naturaleza toda en todos sus aspectos. En todas las formas de Vida ve algo de sí mismo y reconoce que cada una de ellas se corresponde con algo de su inte­rior. Esto no significa que sea fiero como el tigre, vanidoso como el pavo real, ni venenoso como la cobra. Pero conoce que las cualidades de estos animales están en él dominadas y regidas por su Yo superior, y por lo mismo se conduele de esos animales o de los hombres en que todavía predomina la animalidad, aunque no odia a nadie por despre­ciables y perjudiciales que puedan parecerles los demás. Reconoce en sí las cualidades de la vida superior y también las de la inferior, y comprende que evoluciona hasta llegar algún día a la meta de su evolución.

Siente palpitar la vida de que es parte, y siente que es su vida. Se desvanece el sentimiento de separatividad, seguro de su identidad con la Vida única, y nada teme. Afronta impávido el presente y el porve­nir, y marcha hacia la Divina Ventura con la dicha en el corazón. Se siente en su propio hogar, porque ¿no es el universo semejante a él? ¿No está en medio de lo suyo?

Esta conciencia desvanece el temor, el odio y la condenación, y enseña al hombre a ser bueno. Le da a comprender la Paternidad de Dios y la Fraternidad humana. Substituye con el conocimiento la ciega creencia, lo renueva, lo impulsa hacia adelante y lo transforma en otro ser.

No es extraño que los que están en la segunda etapa no acierten a comprender a los de la tercera y los consideren como si aún estu­vieran en la primera, porque no ven el “mal” en lo que así les parece a ellos y en cambio, ven el “bien” en lo que a ellas les parece el mal. Pero cada día aumenta el número de los que de la segunda etapa pasan a la tercera, y cuando sean una selecta y nutrida minoría evoluciona­rán pacíficamente al mundo, Entonces nadie se contentará con nadar en la abundancia mientras sus hermanos se mueren de hambre; nadie será capaz de oprimir ni explotar a sus semejantes, ni consentirá mucho de lo que hoy la mayoría de las gentes disimulan o disculpan, porque en este nuevo estado de la conciencia no existe el antiguo sentimiento de separatividad y se duele con el dolor y se goza con el gozo de sus hermanos con quienes se identifica.”

El camino de la Sabiduría: los niveles del conocimiento

De forma sintética podemos decir que hay tres grandes fuerzas en el espíritu humano: el intelecto, el sentimiento o amor, y la voluntad

En general los seres humanos tenemos todos ciertas desarmonías, estando algunos aspectos de nuestro ser más desarrollados que otros. Según prepondere en nuestro interior una de las tres fuerzas mencionadas, la forma de manifestar nuestra individualidad estará marcada por la fuerza preponderante, que actuará como eje de nuestra personalidad. Habrá así individuos marcadamente intelectuales, marcadamente sentimentales o marcadamente voluntariosos, con todos los matices y grados correspondientes.

Utilicemos una analogía para comprender el juego de estas tres fuerzas en los seres humanos.

Imaginemos un barco; en esencia un barco se compone de un conjunto de tres elementos: una estructura o cuerpo preparado para flotar y navegar en el medio acuático, un motor que propulsa o mueve ese cuerpo, y un timón que determina la dirección y el sentido del movimiento del cuerpo propulsado. El cuerpo del barco equivaldría al intelecto, el motor a la voluntad y el timón al sentimiento o amor.

El intelecto dota de contenido, el amor es la fuerza que orienta, que da sentido y la voluntad impulsa a la acción, a crear.

Estas fuerzas pueden convivir en un ser desproporcionadas hasta un cierto punto, cuando ese estadio se alcanza saltan las alarmas interiores y la Vida busca el reequilibrio, que se puede operar de dos maneras: consciente o dolorosamente.

Las vías del conocimiento

Cada una de dichas fuerzas, al preponderar en la vida del Ser, se constituye en una vía de conocimiento para el ser humano. Pero, ¿cómo conoce el Ser según use una u otra de estas vías? Utilicemos otra analogía para visualizarlo mejor.

Imaginemos una hoguera encendida en la noche. El ser con el intelecto como guía puede dirigirse hacia la hoguera porque la ve, y al verla y acercarse a ella es capaz de  medirla, de analizarla, de determinar su forma y  su color,  en fin, llega a un punto en que es capaz de describirla minuciosamente, o lo que es lo mismo, de conseguir una imagen mental completa de la hoguera. Aún así, ¿conoce verdaderamente ese ser la hoguera? No, pues la hoguera no es sólo aspecto, tamaño, color, forma o composición química, sino que también es temperatura, olor…  Disponer de la fórmula del cloruro sódico no es lo mismo que tener sal.

Supongamos que hay alguien en las inmediaciones que sea ciego. Aún esta dificultad, tal ser sería capaz de orientarse y acercarse a la hoguera “sintiendo” la fuente de calor o percibiendo el olor del humo. Quizás este ser no pueda describir la hoguera pero si será capaz de “sentir” lo que ella “es”. Dicho ser conoce sintiendo, siente que conoce, pero no puede explicar a nadie lo que siente y sabe que la única manera de compartir ese conocimiento con otro es hacer que aquel sienta lo mismo que él siente.

Una tercera vía está representada por quien acercándose a la hoguera,  ve despertado en su ser un impulso a la acción. Dicho ser, invadido por esa fuerza creadora que anida en su interior, dotada de eminente sentido práctico, se verá impelido a “hacer algo” con la hoguera; es decir, se preocupará por su utilidad y no por analizar ni describir lo que la hoguera es ni sentir su esencia. Esta es la vía de la voluntad como motor de la acción. Dicho ser conoce haciendo.

Ninguna de las anteriores vías, por sí sola, es completa. De todas ellas, sin embargo, las vías intelectual y volitiva, llevadas al extremo, son las más peligrosas. El intelecto, sobre todo, es una vía fría y en su fría exactitud es capaz de llevarnos a una fría hecatombe, porque el intelecto es capaz de justificarlo todo, hasta la destrucción del mundo, si hiciera falta.

De la misma forma, en su extremismo, la voluntad como eje de expresión del Ser, puede llevar a graves inconvenientes, pues los problemas de la existencia no se solucionan sólo con hacer cosas. Ya Jiddu Krishnamurti, ese gran referente espiritual contemporáneo, nos advirtió al respecto, cuando en un discurso pronunciado en los años 20 del pasado siglo ante una asamblea compuesta de varios miles de personas que debatían acerca del Servicio, dijo lo siguiente:

“Quisiera, pues,  volver a lo que decía al principio, a esa actividad que invade el mundo occidental…. esa actividad no implica que estéis resolviendo los problemas del mundo: por el contrario, tal vez estéis aumentando esos problemas, levantando más barreras.”

Dicho de otro modo: no basta con hacer; sólo el hacer no va a resolver los problemas de la humanidad; hay, además, que saber hacer.

Las fases del conocimiento

Todo nuevo conocimiento al que accede un ser humano, antes de que llegue a formar parte de él totalmente, pasa por diferentes fases de asimilación, que van desde que es sólo una mera información hasta que se convierte en Conciencia. En síntesis podemos considerar en este proceso tres fases: 1ª. Comprensión; 2ª. Integración, y 3ª. Irradiación.

La Comprensión es la fase para poder “aprehender”, para poder “ver” con nuestra mente el nuevo concepto, para concebirlo como posible o lógico.

En la fase de integración, el nuevo conocimiento se interioriza, pasando a ser sentido además de comprendido.

Por último, en la fase de irradiación es cuando nace el impulso para convertir el nuevo conocimiento en hechos concretos, después de operarse el cambio o transformación interna que empuja al Ser a manifestarse conforme al nuevo estado de conciencia adquirido.

El despertar espiritual: del sinsentido al sentido

Un viejo principio de sabiduría afirma: “Cuando el alumno está preparado, aparece el Maestro”. Dicho de otro modo: sólo cuando alguien es capaz de formular la pregunta, está en condiciones de encontrar la respuesta. Pero, ¿cómo surge la pregunta?

Atrás comentamos las tres fases en el desarrollo espiritual de la humanidad y dejamos anotado que al final de la segunda etapa, cuando ésta hace crisis, sobreviene generalmente un período de incredulidad y de escepticismo.

En el Ser todo cambio comienza con una crisis y las crisis eclosionan cuando ya no encuentra respuestas adecuadas a sus inquietudes en los viejos esquemas que le han servido de referencia, vigentes hasta entonces, los cuales se desmoronan sin remedio Por tal razón, en un primer momento, no encontrando apoyo en lo que hasta entonces le venía dando seguridad y careciendo de un sistema de valores alternativo que substituya al anterior, sobrevienen en el Ser sentimientos de desconfianza, de incertidumbre, de incredulidad, refugiándose en lo inmediato, en lo conocido, fase que suele culminar en una vuelta a la satisfacción de los sentidos, al sensualismo. “Como el pasado se fue y el futuro no existe, centrémonos en el ahora  y en lo que puedo tocar y sentir”, se dice en su interior.

Mas esta fase de transición no puede hacerse eterna, porque el espíritu está influyendo permanentemente y, como dijo alguien también, “el placer se hastía hasta de sí mismo”. Entonces aparecen las inquietudes y en medio del sufrimiento del sinsentido, es cuando nace la pregunta: ¿No hay nada más?… Comienza entonces la búsqueda. El alumno está preparado, pronto el maestro se cruzará en su camino.

A veces en la vida de un ser se observa como algunas de estas fases son vividas de una manera rápida, fulgurante diríamos, más como quien recuerda que como quien aprende. Es algo semejante a lo que pasa con nuestro cuerpo en el interior del claustro materno, donde en pocos meses se realiza una recapitulación de la evolución biológica de la vida sobre la Tierra hasta la fase humana, que en la realidad duró millones de años. En los ámbitos psicológico y espiritual se produce un proceso análogo: recapitulamos, recordamos y a grandes pasos llegamos al grado que realmente ocupamos, para a partir de ahí continuar. Es decir, actualizamos en el nuevo cerebro lo que ya traemos dentro de la memoria espiritual. Esta actualización se manifiesta también en algunas equivocaciones, que son pasadas rápidamente, como un sarpullido, como si ya se viniese vacunado.

La “tormenta mental”

Una vez trascendida la etapa infantil de la humanidad, el Ser principia a experimentar nuevas inquietudes. Su despertado intelecto no le permite continuar admitiendo las cosas sin exa­minarlas. Insistentemente reclama respuestas a las nuevas preguntas que se plantea. Sobre todo, princi­pia a inquietarse ante la eterna pregunta de su alma: ¿Por qué? Acudamos a nuestro autor guía nuevamente:

“Dice Tolstoi vigorosamente: “Tan pronto como la mente del hombre prin­cipia a dominar, nuevos mundos se abren y se remultiplican los deseos y la mente los halaga creyendo hallar con ello la felicidad”. Pero no encuentra así verdadera felicidad, porque algo llena el alma de cre­ciente inquietud y la llama a mayores y más altos vuelos. Pero el intelecto, incapaz de concebir nada superior a él mismo, resiste estas instancias como indignas reliquias de credulidades y supersticiones. Y así da vueltas y más vueltas en sus esfuerzos para resolver los graves problemas, luchando por conseguir la paz y quietud que de algún modo siente que la aguarda. Está lejos de imaginar que sólo encontrará la liberación por el desenvolvimiento de algo superior que lo utilice como más adecuado instrumento.”

Entonces es cuando sobreviene un fenómeno que precede al despertar espiritual y que se produce cuando el intelecto alcanza su límite: es la llamada “tormenta mental”. Veamos como Ramacharaka la describe:

“Muchos… reconocerán este estado de terri­ble inquietud mental, de fatiga espiritual, cuando el intelecto se con­fiesa incapaz de resolver las grandes preguntas que le piden respuesta. Nos golpeamos contra los barrotes de nuestra jaula mental o, como la ardilla, damos rápidas vueltas y revueltas sin el menor avance en el camino. Estamos en medio de la tormenta mental. La tempestad brama dentro de nosotros, y en torno los vientos rasgan y arrebatan nuestras vestiduras, dejándonos a merced de la tempestad. Vemos arrebatar de nuestra vida todo cuanto nos pareció tan firme, durable y permanente, y en lo que nos habíamos complacido. Todo parece perdido y nos invade la desesperación. La tormenta nos zarandea y no sabemos cuál será el fin.”

Cansado, agotado, el Ser finalmente se rinde y se abre a otras formas de conocer la realidad. El intelecto como absoluto, el intelecto como dios de barro, cae. Fluyen nuevas percepciones, nuevos sentimientos, el Ser sigue analizando, sigue queriendo comprender, pero también comienza a sentir.

Hacia una espiritualidad integral

¿Cabe inferir de lo dicho, que a partir de aquí el intelecto ha terminado su labor y que hay que dejarlo atrás como cosa inservible? En modo alguno, en terrible error incurre quien piense esto, así como en terrible error se incurrió cuando se creyó que sólo por el intelecto se llegaría a la meta del conocimiento total y en otro del mismo calibre caen aquellos que suponen que todo se reduce a “hacer muchas cosas”.

El mensaje del Espiritismo – estructurado y codificado por el gran maestro francés Allan kardec – como vía para el desarrollo humano, ayuda mucho en esta cuestión, pues él es integral e integrador. La Espiritualidad que proclama y a la que aspira el Espiritismo es una espiritualidad completa; o lo que es lo mismo, la que lleva al desarrollo armonioso de todas las potencialidades del espíritu.

Y ¿qué concepto definiría esa espiritualidad integral que el Espiritismo propone? A mi modo de ver, uno: la SABIDURÍA, entendida como “el uso correcto del conocimiento”. En otras palabras, la  SABIDURÍA sería la expresión integral e integradora de la espiritualidad humana.

El problema aparece cuando constatamos que la Sabiduría es un raro fruto de este mundo, y que la mayoría de los seres humanos, en cuanto al desarrollo espiritual, estamos totalmente descompensados; es decir, que somos seres desarmónicos.

La verdadera superioridad espiritual

Es bueno ser buenos; es bueno ser inteligentes; es bueno ser activos. Pero no basta con ser buenos, con ser inteligentes, o con ser activos. Y si el desarrollo del amor da lugar a la bondad, que es garantía de buenos motivos tras las acciones y es lo más importante, el amor unido al conocimiento está en condiciones de producir mayores frutos aún.

Para los que piensan que todo se reduce a más acción y menos palabras por aquello de que “es preferible un diablo activo que un ángel inactivo”, les recordamos lo que  Jiddu Krishnamurti advertía en aquel famoso discurso pronunciado en 1927, citado atrás.

Parte de las enseñanzas atribuidas a uno de los grandes maestros de la humanidad, el filósofo chino Confucio (S. VI a. d. C.), se encuentran en una  obra titulada “Los Cuatro Libros”. De ella hemos entresacado algunas máximas referidas a lo que él gran maestro oriental enseñaba como característico del hombre superior (la palabra hombre aquí no alude a una condición sexual, sino que equivale a ser humano, hombre y mujer):

– “La perfección moral supone la alta luz de la inteligencia; la alta luz de la inteligencia supone la perfección moral”.

– “El hombre superior no exige nada sino de sí mismo; el hombre vulgar y sin mérito lo pide todo a los demás”.

– “El hombre superior es aquel que pone primero en práctica sus palabras y después habla de conformidad con sus acciones”.

Conciencia y despertar espiritual

Con la iluminación de la Conciencia y el consiguiente despertar espiritual, se produce  en el Ser un fenómeno interior de reordenamiento de valores, de modificación de la perspectiva, de cambio en el cuadro de sus prioridades.

De esta forma el Ser descubre numerosas actitudes que son ilusorias y las va dejando atrás, mientras que otros sentimientos y valores ocupan el primer plano. Suceden, pues, una serie de acontecimientos en la vida del ser que son a la vez síntomas y claves en el camino del desarrollo espiritual. Estos son algunos de ellos:

– Surge en el Ser un ansia incontenible por obtener más información y busca todos los medios para conseguirla.

– Brotan deseos insistentes de compartir con los seres inmediatos el “descubrimiento” que ha efectuado.

– Durante un tiempo experimenta un recrudecimiento de los problemas que le afectan, como reflejo del esfuerzo que hace por tomar las riendas de tu vida.

– Nace la inquietud de encontrar a otros que piensen y sientan lo mismo que él piensa y siente.

– Aumenta su interés por todo, incluso por temas que antes no le atraían o que le eran indiferentes, pues va apreciando las conexiones que lo unen todo

– Nace en el Ser un sentimiento interno de Unidad, nota que forma parte, junto a todos y a todo, de algo grande, que sobrepasa todas las limitaciones.

– Comprende que el fanatismo es lo contrario al conocimiento, lo contrario a la libertad, y que, como decía Silo, “no importa en que bando te hayan puesto las circunstancias, sino que comprendas que tú no has elegido ningún bando (“El Paisaje Interno”, Ed. Bruguera, Barcelona, 1981)

– Comprende que no puede ir por el mundo juzgando y encasillando a los seres, pues, como él mismo, todos están inmersos en un proceso de cambio y mejora.

Sobre esto último, permítanme traer aquí una pequeña fábula de Carlos G. Vallés (“Ojos Cerrados, Ojos Abiertos”, PPC Editorial y Distribuidora, Madrid, 1996) que puede ilustrar lo anterior mejor que un largo discurso. Hela aquí:

“Al entrar Buda en un pueblo en su constante pe­regrinar en la siembra de la palabra y el ejemplo, un hombre le insultó y arrojó barro a su paso en protesta por su visita a aquel lugar. No a todos agradaban los sermones del peregrino y la renuncia total que la presencia del maestro y sus discípulos hacían palpable sin palabras ante una sociedad es­clava de deseos. Y aquel hombre protestó con in­sultos la llegada del mensajero del desprendimiento.

Al atardecer Buda predicó ante el pueblo y aquel hombre también oyó el sermón. Había acudido para criticarlo e interrumpirlo con su actitud hostil, pero las palabras del maestro le llegaron desde el prin­cipio, abrieron sus ojos, cambiaron su corazón y le hicieron ver cuán equivocado estaba en su prejuicio injusto. Lloró de noche y decidió buscar el perdón al día siguiente.

De mañana se presentó al maestro, se identificó como el hombre que le había insultado la víspera y pidió perdón. Buda respondió: “Ayer era ayer y hoy es hoy. Aquel a quien tú insultaste era un personaje de ayer, y éste con quien hablas ahora lo es de hoy. El que insultó ayer, era de ayer, y el que pide perdón hoy es de hoy. El ayer pasó, y con él insulto y quien lo lanzó y quien lo recibió. Hoy tú y yo somos nuevos como nuevo es el sol que acaba de amanecer. No achaques al sol de hoy los calores de ayer. No hay nada que perdonar porque no existe la injuria que habría que perdonar. Déjate ser hombre nuevo, y permíteme a mí serlo también contigo. Acabamos de conocernos. Seamos amigos”. Y un nuevo discípulo se añadió al grupo.”

– Desarrolla un cierto “olfato espiritual”, que le capacita para reconocer los signos con los que la verdad se suele mostrar, siendo cada vez más difícil que le den “gato por liebre”

– Crece en el Ser un sentimiento de responsabilidad ante el conocimiento que ha encontrado y nota que ese conocimiento carece de sentido si no hace algo para darlo a conocer y compartirlo.

– Brota en el Ser una creciente “alegría de vivir”, un regocijo interno al comprender y sentir como todo cobra sentido

– Empieza a contemplar los acontecimientos desde otro superior punto de vista, lo que hace que muchos asuntos comunes que a la generalidad de los hombres sume en la desesperación, se desdramaticen para él. De ahí que algunos que le rodeen puedan llegar a pensar que se ha vuelto más frío, distante, despreocupado y hasta insensible.

– Trasciende las diferencias de sexo, de raza, de edad, de nacionalidad, de condición social, etc., y se refuerza en su seno la tendencia hacia el Universalismo.

Los precursores

Siempre en todo camino existen los pioneros, los precursores, los adelantados. Los pioneros del espíritu son los que llamamos Maestros de la Espiritualidad, seres que por su gran evolución y capacidad de servicio, se convirtieron en guías de la humanidad.

Los Maestros de la Espiritualidad no son seres diferentes en naturaleza al resto de los humanos, sino simplemente hermanos nuestros que han adelantado más en el camino y por ello saben el trazado de la senda que nos espera, al menos hasta donde ellos están. Nos indican, alertan y previenen, nos enseñan, se solidarizan con nosotros, pero jamás hacen el camino que a nosotros nos corresponde, porque el crecimiento espiritual es el resultado del esfuerzo individual.

La función de los Maestros

En la vida de los Maestros de la Espiritualidad encontramos siempre respuestas y orientaciones capaces de sacarnos de las oscuridades en que en ciertas ocasiones se adentra nuestra conciencia. Si ahora por tus circunstancias, amigo, te encuentras en uno de esos momentos de oscuridad o sumido en una gran duda sobre la dirección que debes dar a los pasos de tu vida, pregúntate sincera e intensamente desde el fondo de tu ser: ¿qué haría un Maestro en esta situación? Veras como una respuesta sencilla pero luminosa llega y despeja tus dudas.

Y si la función de los Maestros Espirituales es la de ser señales luminosas para el resto de los hombres, faros que orientan hacia donde debe ir el camino del desarrollo de los seres humanos, postes indicadores en la senda que conduce hacia las realización de nuestro destino, su mayor enseñanza, su mayor referencia, la constituyen sus propias vidas, su ejemplo, porque es el ejemplo vivo el que da la valor a la enseñanza y no a la inversa.

El fracaso de los Maestros

Pero pocas veces los Maestros son cabalmente entendidos y de eso ellos son conscientes. Saben perfectamente que la mayor parte de sus contemporáneos no percibirán el núcleo de sus enseñanzas; ellos siembran para el futuro, sientas las bases de una Nueva Época para el desenvolvimiento de la Conciencia humana.

Es difícil encontrar mayor fracaso para un Maestro, que cuando se le saca del contexto humano asignándole una naturaleza distinta, extraordinaria, al tiempo que se le propone como arquetipo o modelo para la evolución del género humano. Se produce entonces un fenómeno de desnaturalización del Maestro que lo hace inaccesible y, por tanto, inservible. ¿Qué valor tiene que un Ser extraordinario haga cosas extraordinarias? Ninguno. Un Maestro es válido en la medida en que esté cerca de la humanidad; es decir, en la misma medida en que puede ser de verdad una referencia imitable, de otra forma se lo convierte en un Maestro inservible.

Otras claves

El compromiso: Conocer no es lo mismo que no conocer. Tener conciencia no es lo mismo que no tener conciencia. Por eso quien es consciente asume inmediatamente un compromiso,  que no deriva de la prestación de un juramento o de la firma de un documento, porque es de naturaleza moral. Por eso, quieras o no, queramos o no, estás comprometido automáticamente hasta la altura del grado de tu conciencia. Conciencia, responsabilidad y compromiso son conceptos inextricablemente ligados; todo progreso exige su precio, y el precio del conocimiento es la responsabilidad.

Ante todo esto habrá quien se pueda preguntar: ¿Cómo puedo conocer el nivel de mi Conciencia? Estudia los motivos de tus acciones, pues son los motivos o, lo que es lo mismo, la intencionalidad,  los que denotan el estado y la dirección de tu Conciencia.

El valor de las acciones positivas: Cada buena acción es una porción de energía positiva que se añade al mundo. Nada se pierde. Somos parte de un sistema, no estamos aislados. Ese reconocimiento del valor de las acciones positivas queda, para mi, maravillosamente expresado en la célebre frase de Martin Luther King: “Si el fin del mundo fuera mañana, yo aún hoy plantaría un árbol”. El valor de una acción positiva reside en sí misma, no depende de nada, pues su valor viene dado por la intención de su autor.

El Servicio o el desarrollo del “amor a la obra”

Un resultado de la evolución del espíritu es el crecimiento de la capacidad de servicio, que consiste en dar y darse con altruismo, sin buscar ni esperar nada a cambio. Mas sólo da de verdad quien se da a sí mismo y nadie puede dar lo que no tiene.

El escritor libanés Khalil Gibran, habla en su célebre obra “El Profeta” sobre el DAR y los que dan, y dice así:

“Los hay que poco dan de lo mucho que tienen; y dan para suscitar el agradecimiento, y su oculto deseo corrom­pe sus dones.

Los hay que poco tienen y que lo dan por entero. Éstos creen en la vida y en la bondad de la vida, y sus cofres no estarán nunca vacíos.

Y los hay que dan con alegría, y esta alegría es su recompensa.

Y los hay que dan con dolor, y este dolor es su bautismo­.

Y los hay que dan sin sentir dolor ni alegría y sin pen­sar en su virtud; dan como el mirto que allá abajo en el valle exhala su perfume en el espacio.

Habla Dios por las manos de tales seres, y a través de sus miradas sonríe Él al mundo.

Bueno es dar cuando se es solicitado, pero mejor es dar sin ser solicitado, por comprensión.

Y buscar al que ha de recibir es, para los generosos, una alegría más grande que el mismo don.

¿Y, hay algo que quisierais rehusar?

Todo lo que poseéis será un día repartido; dad entonces ahora, a fin de que la época de dar sea la vuestra y no la de vuestros herederos.

… En verdad, es la Vida quien da a la Vida; mientras que vosotros, que os imagináis ser donantes, no sois en realidad más que testigos.

Y vosotros, los que recibís – y lo recibís todo -, no asumáis ningún deber de gratitud, por temor a imponer un yugo tanto sobre vosotros mismos como sobre vuestros benefactores.”

Las siguientes máximas, relativas al Servicio, las hemos extractado del “Tao Te King”, obra que contiene las enseñanzas de sabio chino Lao Tsé (S. VI a. d. C.):

– “El sabio hace y no retiene, nada exige por su obra y oculta su sabiduría”

– “Retirarse de la obra acabada, del renombre conseguido, esa es la ley del cielo”.

– “Engendrar y criar, engendrar sin apropiarse, obrar sin pedir nada, guiar sin dominar, esta es la gran virtud”

Por su parte, hablando del hombre verdaderamente bueno, Rabindranath Tagore, en una de sus obras, alude a estas mismas enseñanzas de Lao Tsé referidas a las características que definen al verdadero sabio y comenta: “Vivifica, pero no posee. Trabaja, pero no reclama. Ejercita su mérito, pero no se demora en él” (R. Tagore, “La Religión del Hombre”, Editorial Aguilar, Madrid, 1960, pág. 153)

Las condiciones necesarias para convertirse en unos verdaderos servidores están también contenidas en las siguientes palabras de Silver Birch, un guía espiritual que durante más de 30 años se manifestó a través del médium inglés Maurice Barbanell, inspirando una serie de interesantes obras de las que muy pocas,  desgraciadamente, están traducidas al español: “Llenad los corazones con amor, vuestras mentes con conocimientos y vuestros espíritus con el deseo de Servir”. (A. W. Austen “Enseñanzas de Silver Birch”,  Ediciones Voz Informativa, México, 1960, pág. 174)

El valor del trabajo

Otro significativo hecho que acontece al que se adentra por la senda espiritual, es que se convierte en un CREADOR. En el interior de dicho ser surge un impulso irrefrenable de producir, de dar cauce a su impulso creador. Semejante a dolores de parto, bulle en el corazón de ese ser una necesidad  inaplazable de dar forma a lo que siente y percibe, a lo que piensa  e intuye en su fuero interno. Mas tan luego crea algo, se desvincula  de ello y su interés se centra inmediatamente en otro objetivo; no se ata a sus creaciones, no se ancla en ellas, crea  y da.

A veces este aumento de la actividad puede ser malinterpretado por los que rodean al Ser y llevarles a pensar que aquel es guiado por objetivos egoístas tales como la autoimportancia, el afán de notoriedad, sentimientos de superioridad, creerse imprescindible, deseos de controlarlo todo o de estar en todo… Cuando en realidad lo único que pasa es que ha aumentado su AMOR a la OBRA, su afán por hacer las cosas cada vez mejor.

Khalil Gibrán, en el mismo texto citado con anterioridad, dice que “el trabajo es el amor hecho visible”. Pero antes había dejado expresados los siguientes pensamientos:

“… Se os ha dicho que la vida es oscuridad, y en vuestro cansancio, repetís lo que aquellos cansados os dijeron.

Y yo os digo que la vida en verdad es oscuridad excepto donde hay un anhelo.

Y todo anhelo es ciego, excepto cuando hay saber.

Y todo saber es vano, excepto cuando hay trabajo.

Y todo trabajo es inútil, excepto cuando hay amor.”

Por su parte Mabel Collins, en “Luz en el Sendero“, escribe: “No seas ambicioso;  trabaja como trabajan los ambiciosos”, presentando una gran verdad espiritual en formulación paradójica.

Y la admirada Amalia Domingo Soler confesaba en uno de sus escritos”: “Yo antes me quejaba de todo. Después de conocer el Espiritismo sólo pienso en trabajar”

La superación de antagonismos ficticios

Adentrase en la senda de la búsqueda espiritual no supone el alejamiento del mundo; para encontrar a Dios no hay que separarse de la humanidad, como arguyen algunos. Hay que superar ese nudo gordianol tan típico del judeocristianismo que contrapone al mundo y al espíritu.

No, no hay dos grandes principios absolutos opuestos e irreconciliables en el universo, el mal y el bien, la luz y la oscuridad; sólo hay un principio, el BIEN; la luz y la oscuridad no son tampoco absolutos opuestos, puesto que sólo existe la LUZ y la ausencia de luz, que llamamos oscuridad. No existe tampoco la supuesta eterna oposición entre materia y espíritu, ya que un solo principio existe. Sobre esta cuestión Kardec recibió de los espíritus la siguiente información contenida en el punto 82 del “Libro de los Espíritus”:

– ¿Es exacto decir que los espíritus son inmateriales?

– ¿Cómo podrá definirse una cosa, siendo insuficiente el lenguaje y faltando términos de comparación? ¿Puede un ciego de nacimiento definir la luz? Inmaterial no es la palabra. Y sería más exacto decir incorporal; porque debes comprender perfectamente que siendo una creación el espíritu, ha de ser algo, y es, en efecto, materia purificada; pero no tiene análoga entre vosotros, siendo, además, tan etérea, que no puede impresionar vuestros sentidos….

La conspiración

Otra consecuencia del despliegue paulatino de la conciencia espiritual es el reconocimiento de que se está sumergido en un proceso en el que participan otros muchos seres repartidos por todos los lugares del mundo, con los que el Ser se siente ligado en una suerte de Gran Hermandad. Comienza a tomar conciencia de las señales dejadas por otros que le han precedido en el camino y que hablan de lo mismo que él siente, percibe y vive. Lee y comprende los viejos textos bajo otra óptica y al observar las producciones artísticas de todos los tiempos, éstas le hablan con nuevo lenguaje; se siente hermano de otros seres que en otras épocas y latitudes llegaron a las mismas comprensiones; se siente partícipe, como decía Marilyn Ferguson, de una gran CONSPIRACIÓN (de Conspirar=respirar juntos), la Conspiración del Espíritu y eso llena al Ser de inmensa alegría.

Cuando somos “tocados por el Espíritu”

El ser que despierta espiritualmente queda marcado para siempre. Al sopesar lo que va dejando en el camino, puede llegar a arrepentirse, podría querer volver atrás, abandonar la Senda, sumirse en los placeres del mundo; podría hasta llegar a convertirse por un tiempo en el más materialista de los hombres, pero si así hiciera pronto se convertiría en el más desgraciado e infeliz de los seres humanos… ¿Por qué? Porque el que ha vislumbrado la luz, jamás podrá volver a sentir felicidad fuera del camino espiritual y, tarde o pronto, tendrá que retomarlo. Silver Birch a esto lo llama “ser tocado por el espíritu”, y yo lo llamo “la bendita maldición”.

La Conciencia Cósmica

El trabajo interno en el camino del conocimiento espiritual, llámeselo como se lo llame, siempre que se haga con honestidad, supone indefectiblemente la vivencia de una serie de experiencias que los buscadores de todas las épocas han reconocido y contado y que se refieren a experiencias iluminación, más cortas o más largas, pero que una vez se producen el Ser queda transformado para siempre. Algunas de estas experiencias son de tal calibre, que han sido denominadas de Conciencia Cósmica. Al respecto dice Ramacharaka:

“En general, la conciencia cósmica puede definirse diciendo que es el efectivo reconocimiento  de  la  Unidad  del  Todo y la  relación  de  cada  ser  con  el Todo.

El átomo de luz que contribuye a la compo­sición del rayo comprende por un momento su conexión con el sol. La gota del océano comprende por un instante su relación con el gran Océano del Espíritu…

La emoción prevaleciente durante esta experiencia es un senti­miento de intensa dicha, algo muy superior a cualquier otra sentida antes, una sensación de absoluto gozo, si vale la frase. El recuerdo de esta suprema dicha, el reflejo de su luz, perdura en el alma. Quienes la han experimentado una vez, están siempre más contentos y felices, y parecen tener una oculta y secreta fuente de alegría donde apagar la sed de su alma. La intensa dicha se desvanece gra­dualmente, pera algo deja tras sí que conforta y consuela. Este sen­timiento de dicha es tan intenso, que siempre se piensa en él con vivísimo placer. Su recuerda acelera la circulación de la sangre y los latidos del corazón.

Entonces se experimenta una iluminación intelectual o una inun­dación de “conocimiento” imposible de describir. El alma se hace consciente de que posee en sí misma el absoluto conocimiento, el conocimiento de todas las cosas; reconoce que el “porqué y el cómo” de todo está en sí misma. Esta sensación no puede describirse ni aun someramente. Es tan superior a todo cuanto la mente humana ha experimentado, que no hay palabras con que expresar lo sentido y conocido. Parece que todo se esclarece. No es una sensación de acrecentada habilidad para razonar, deducir, clasificar o determinar. El alma conoce. La sensación puede durar sólo una fracción de se­gundo (se pierden las nociones de tiempo y espacio durante la expe­riencia), pero la intensa pena subsiguiente al cese de semejante es­tado de conciencia, no puede imaginarla ni es posible que de ella tenga la menor idea, quien no la haya experimentada. Lo único que consuela de su pérdida es la certeza de que algún día, en alguna parte, se repetirá la experiencia, y esta certeza hace amar la vida. Es un goce anticipado de lo que alcanzará el alma.

Este vislumbre de la conciencia superior infunde el conocimien­to, la certeza, de que la Vida compenetra todas las cosas, y que el Universo está lleno de vida. Se ve que la Vida y la Inteligencia lo llenan todo. Se tiene la noción de la Vida Eterna y se alcanza lo Infinito. Las palabras “Eterno” e “Infinito” tienen siempre después un significado distinto y real, aunque no se pueda explicar a otros.

También infunde el puro amor a toda vida, que aventaja a cualquier otro sentimiento de amor experimentado anteriormente, Asimismo se siente el hombre valeroso durante la experiencia, aun­que fuera mejor decir que no es consciente del temor, pues ni si­quiera piensa en el temor durante la experiencia y solamente nota que estaba enteramente libre de él cuando después recuerde alguna de sus sensaciones. El conocimiento, certeza, confianza y fe de que está poseída el alma no dejan lugar para el temor.

Otra sensación es que se desvanece lo que podríamos denominar “noción del pecado” y la substituye el concepto de absoluta bondad del universo entero.

Esta experiencia transforma al hombre. Aunque la viveza del recuerdo se borra gradualmente, queda cierta memoria que luego engendra bienestar y fuerza, especialmente cuando el ánimo o la con­fianza flaquean y las encontradas opiniones y juicios del intelecto lo sacuden como caña azotada par el viento. El recuerdo de la ex­periencia es fuente de renovada energía, puerto de refugio en que el alma fatigada se resguarda de la incomprensión del mundo ex­terior.”

Conclusión

El despertar espiritual se produce cuando tomamos conciencia de lo que somos en verdad: seres de naturaleza espiritual con un destino trascendente. A partir de ahí comienza una nueva etapa para el Ser, la de la evolución consciente, pues empieza a tomar las riendas de su propia vida, haciéndose responsable de la misma.

Este despertar supone el abandono de muchas falsas posturas, de muchas ilusiones, y también la experimentación de vivencias y de estados que dotan a la vida de un sentido pleno y que constituyen auténticas “claves en el camino de la conciencia”.

La alegría, el sentimiento de unidad, la energía, la capacidad de trabajo, la capacidad de Servicio que se desarrolla en el Ser despierto espiritualmente, son signos que dan idea de lo que espera a la Humanidad cuando una mayoría cualificada de sus miembros logren alcanzar este estado de Conciencia

Pero no se ha de olvidar que el conocimiento espiritual, si bien es la base de nuestra futura dicha, es también lo más “peligroso” que existe: peligroso para el mundo de los egoístas, para los que viven pensando sólo en el provecho propio, para las injusticias institucionalizadas, para los acaparadores, para los esclavizadores de las conciencias, para los comerciantes del miedo… No nos deben sorprender, pues, que existan tantas resistencias a la divulgación y correcta comprensión de los conocimientos que tienen que llevar algún día a la plena libertad al Ser Humano, conocimientos como los que el Espiritismo contiene.

Se ha dicho también que “la importancia de una idea se mide por el número y el tamaño de sus enemigos”. En ese caso, no hay duda, tenemos algo de suma importancia en nuestras manos.

La Conciencia lleva a la responsabilidad; quienes hayan llegado a estos conocimientos están comprometidos. Asumamos ese compromiso, primero con nosotros mismos y luego, como buenos sembradores, con el entorno al que llegue nuestra influencia, pero por amor a la obra, sin esperar recompensas, ni siquiera agradecimiento.

Oscar M. García Rodríguez

GRUPO ESPÍRITA DE LA PALMA

Isla de La Palma, Octubre de 2004

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~ por idafe en enero 9, 2010.

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